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La prueba antigua

Hay una prueba antigua, esculpida en la historia, de que la democracia sin medios materiales es una farsa. Y viene de un testigo de excepción: Aristóteles.

En la Constitución de los atenienses, Aristóteles describe las condiciones de Atenas antes de las reformas de Solón. Las oligarquías habían concentrado la tierra y la riqueza en sus manos, reduciendo a los pobres a la esclavitud por deudas. La multitud de ciudadanos, libres de nombre, eran obligados a trabajar para los acreedores y a privarse de lo necesario para sobrevivir.

La respuesta de Solón

Luego vino Solón. Con sus reformas, abolió las deudas y liberó a quienes habían caído en la esclavitud. Fue un acto de justicia, pero también una especie de venganza contra los oligarcas: se ganó la enemistad de los ricos, que nunca le perdonaron haber devuelto la dignidad a los pobres.

Evidentemente, le habían hecho un daño. Quizás personal. Quizás colectivo. Pero su respuesta fue política: devolvió al pueblo la posibilidad de vivir.

El error de Aristóteles

Y aquí viene la parte más interesante. Aristóteles, observador privilegiado, se maravilla de un hecho: los más pobres, aquellos que más podían ganar con la democracia, se negaban a participar en las asambleas. No se presentaban. No votaban. No deliberaban.

¿Por qué? Aristóteles no lo entiende. Era un hombre libre de preocupaciones materiales. Nunca había tenido que trabajar para comer. Podía permitirse el lujo de observar a los demás y filosofar sobre su comportamiento.

La verdad que Aristóteles no veía

Pero la respuesta es simple, y nos la da la realidad: los pobres no tenían tiempo. Si querían alimentar a sus familias, tenían que trabajar. Del amanecer al anochecer. No podían permitirse pasar el día en la asamblea.

La democracia ateniense, que en el papel les daba poder, en la práctica se lo negaba, porque no garantizaba los medios para vivir.

La misma farsa de hoy

Es exactamente la misma farsa de hoy. Proclamas el derecho al voto, pero no garantizas casa, ingresos, salud, conocimiento. Proclamas la soberanía, pero quien debe trabajar para sobrevivir no tiene tiempo de ejercerla.

La democracia sin derechos materiales es solo un rito para privilegiados con el estómago lleno y tiempo libre para participar.

Aristóteles era un hombre de su tiempo. Pero su error es el mismo de nuestros políticos: creía que la participación dependía de la voluntad. Depende de los medios. Sin medios, no hay voluntad que valga. Y la soberanía sigue siendo un privilegio de casta.